33. EL UNIVERSO SOBRE MÍ

Y está escrito en Ezequiel: “Y llegará un día que en la Tierra habrá Hambre, pero no hambre de pan, sino de conocimiento de Dios….

En nuestra entrada anterior titulada Shámata,  hablábamos de cinco niveles existenciales por los que transita nuestra mente: El estado de ensoñamiento, el de Vigilia, el de Conciencia Adquirida, el del Self  y el de Conciencia Objetiva. Concluímos en esa entrada que  El estado de ensoñamiento, al que llamábamos “La Taberna del Buda” en la apertura de nuestro blog, venía  representado por el arquetipo de la sombra, donde nada es lo que parece (fantasía y ensoñamiento): ¿Qué hace un cura en esa taberna o una novia recién casada? ¿O un rabino? ¿O un líder político? ¿O una “buena” persona?… ¿Acompañar a un “amigo”? 

Lo cierto es que con el humo del ambiente de la taberna, la música a toda pastilla, la taberna petada de gente, el Whisky de garrafón y el cartel de “abierto hasta el amanecer” difícil es mantener una conversación en este nivel y difícil es poder quedar al día siguiente, con el “sol” de la vigilia, con alguien con el que hayamos iniciado un debate interesante para “hablar más tranquilo”.  

Entre la fantasía del ambiente imperante, la falta de voluntad (tras el tercer whisky, o el segundo porrito o la primera rayita) y la confusión por la música tan alta es difícil discernir entre lo que queremos y lo que no queremos, entre lo que nos gustaría y lo que no nos atrevemos, entre lo que fue y lo que “pudo ser”,  o entre la luz y la penumbra, y es por eso que su arquetipo recibe el nombre de “sombra”, porque la luz apenas conecta, ya que, aunque la  luz no cambia, lo que sí cambia es el receptor en función de cómo recibe la “luz” (que decía Zukerwar). A ese nivel los receptores filtran tanto la luz de la verdad (en función del ji ji, del ja-ja y de otros intereses) que la luz “está”, pero el “receptor no la “acepta” y es por eso que se llama “sombra”.

Decíamos  también  en el anterior post que, cuando esta sombra no se eleva hacia la vigilia y se queda apegada a la propia fantasía que la alimenta, la sombra desciende al “sepulcro”,  que es considerado el inframundo, cuyo habitante es la “muerte”; la muerte del “YO”, en este caso, del “Yo inferior”, llamado así por razones obvias.

Y ahora es fácil entender por qué la sabiduría popular habla de estos lugares  como lugares “de mala muerte”, porque, si bien ya sabemos que hay una muerte trascendente al final de la pirámide, la mala muerte impide tener acceso a los fotogramas de nuestra vida para poder repasar nuestra trayectoria, sacar conclusiones, arrepentirse, avergonzarse o ratificarse de todos los momentos, ya que, en el inframundo, el tiempo no existe  y todo adquiere un tinte “irreversible”. 

Y en este contexto podemos entender a Krishnamurti: “si el lugar donde te encuentras “te agobia”, o no te hace sentir cómodo o te estresa ¿Por qué sigues allí? Es decir, si el estado en el que vives (tu Taberna del Buda) apenas hay sitio para ti y ello te genera ansiedad, miedo o angustia  ¿Por qué no te vas?  ¡Déjalo! ¡Busca la salida! ¡Sal “afuera”!  ¡No te duermas con el sueño de la muerte!  ¡Intenta vislumbrar el Universo que hay sobre ti!!!!

Y con esta realidad metafórica nos metemos en faena para concluir que, si bien todo el mundo  está de acuerdo en que hay lugares o antros de “mala muerte”,  todos vamos, y que, si vamos, algo de afinidad tendremos con nuestros compañeros de la noche y de taberna; pues la luz, siempre busca la  “afinidad” con la longitud de onda más cercana a la nuestra. 

Por esta razón, uno debería ser consciente de que, tarde o temprano, encontraremos un “sitio” entre tanta gente en la taberna. Este nivel  de individualidad extrema, ocio “ensanchado”, dualidad hiperpolarizada, ruido extremo, música ruidosa… está en la antípodas de los conceptos de ecología, solidaridad holística, jerarquía, silencio, equilibrio, musicalidad y paz . 

A este respecto, la siguiente metáfora nos puede ayudar a cerrar la entrada: 

Decía un Maestro que una vez le ocurrió un episodio con una Mujer que le hizo reflexionar. Resulta que contó que cierta vez, estando de viaje, paró una noche en una taberna para comer. Pidió la comida y la mesonera le sirvió unos callos que se comió de un tirón, pues estaba sabroso, terminó de comer, rebañó con pan, se levantó y se fue. Al día siguiente volvió al mismo lugar, pidió lo mismo e igualmente terminó de comer, rebañó con pan, se levantó y se fue. Al tercer día, la Mesonera, a conciencia, cuando el Maestro pidió de nuevo callos, le echó en la cocina un exceso de sal y después se lo sirvió “como si nada”. El Maestro comenzó a comer, pero los callos estaban incomestibles. Se comió el pan, se levantó y se fue. Al verlo marchar, la mesonera le espetó: Caballero ¿Por qué no comió esta vez? Él contestó que no tenía hambre, pero ella le dijo:  si no tuviera hambre, no hubiera comido el pan; sin embargo se comió todo el pan ¿Es que no le gustó? El dijo: “a decir verdad, estaba muy salado y no fue posible comerlo”. 

El Ben Ish Jai enseña que realmente esto que relata el Maestro no le ocurrió en realidad, sino que estaba hablando alegóricamente de que en la vida hay tres fases. 

Una primera fase en la hay “platos” de muy buen gusto y placenteros, que comemos sin rechistar y repetimos de forma automática. Sabemos lo que nos gusta, vamos al sitio donde lo dan, comemos, pagamos y nos vamos y no hacemos daño a nadie. El Hambre de placer y nuestra propia vitalidad nos hacen ser temerarios de las consecuencias de un empacho, obesidad, etc.

En una segunda fase, nos moderamos y recurrimos a comer ese tipo de platos de vez en cuando para darnos un gustito. 

Pero en la tercera fase de la vida (al tercer día…), las cosas que nos gustaban (hábitos que teníamos) ya no nos gustan tanto, estamos hartos, saturados o, incluso, aunque nos gusten, no nos sientan bien,  y lo que “ayer” no me importaba hacer porque me lo pasaba bien y era placentero, ahora, en esta última fase, el cuerpo “no me sigue”. Pero incluso así llenamos la carencia que sentimos (el estómago) con cualquier sucedáneo (pan), pues la cosa es alimentar nuestro deseo de recibir. 

Lo peor es que, aunque desde Arriba (la Mesonera con su salero) nos hagan esos deseos incomestibles, no nos preguntamos por qué ahora rechazamos aquello que durante tanto tiempo nos enloquecía, y seguimos insistiendo con sucedáneos de “materialidad” en lugar de pararnos a reflexionar y verlo como una oportunidad para buscar algo diferente con lo que rellenar esa “sensación de hambre”,  algo más cercano a la espiritualidad, pues, al fin y al cabo, en la tercera fase de la vida, la muerte se acerca, y, aunque tenga menos mérito acercarse a la espiritualidad en la vejez, mejor que nada es y más aún si ya no te “pone” tanto los callos!!!!

Un comentario sobre “33. EL UNIVERSO SOBRE MÍ

  1. ¡Qué increíble leer lo del hambre en este momento! Es que comer callos así por que sí… estoy en ese punto: dándome cuenta de que comerme lo que antes me gustaba me da unos terribles dolores de estómago y sufro de intoxicación con mucha facilidad. Esta es mi nueva era. No llegaba a comprender más allá de lo físico, de esto de que me resiento porque he comido mal o gluten o demasiada azúcar… sí, pero, ¿por qué? Ese hambre… pero, ¿hambre de qué? Al final tendrá razón mi Buen Doctor y habré de prestarle más atención a la mujer que yo soy.

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