32. SHÁMATA

Si observáramos nuestra mente  con detenimiento, nos daríamos cuenta del enorme ruido mental en el que estamos sumidos,  rememorando continuamente situaciones pasadas con nostalgia o culpabilidad, o bien proyectando hacia el futuro, viviendo mentalmente escenas con temor o esperanza que, casi con toda seguridad, nunca llegarán a producirse. Y así nos pasamos la vida entre el pasado que pasó y el futuro que aún no llegó. 

En Oriente, el Budismo tiene una práctica llamada SHÁMATA, que consiste en enfocarse durante un tiempo limitado en una determinada observación: un reloj, las manecillas de éste, un cuadro, un detalle, un número, un insecto, un punto… Lo normal para el principiante budista es sostener la atención cuarenta segundos y, a partir de entonces, se inicia la verdadera meditación y trascendencia. 

Hoy dia, con los WhatsApps, Redes sociales, TV, etc, nuestro Shámata está en unos patéticos 5 segundos, lo que dice mucho de nuestro grado de dispersión mental y eso, a su vez, explicaría  nuestra escasa capacidad de concentración, nuestro escaso grado de compromiso, de sacrificio y  de valoración  de las cosas, y la enorme facilidad con la que “olvidamos” lo que no tendríamos que olvidar. 

Precisamente un tal Gurdjieff, al que un día dedicaremos una entrada,  hablaba de una serie de niveles existenciales en los que vivimos, cuya identificación  ayudan mucho a saber en qué momento de nuestras vidas estamos.  Estos niveles son:

El Estado de Ensoñamiento: estamos ya de por sí un tercio de nuestras vidas durmiendo, pero los hay que llegan hasta la mitad y quizás existan personas que pasen toda su vida en una continua ensoñación. En este estado, nuestra capacidad volitiva, nuestra voluntad, es mínima y lo más que podemos conseguir es repasar datos de lo que hemos vivido, fantasear, imaginar o recargar pilas. Es el reino de la “sombra” donde la voluntad (la Luz) es mínima y la vida es “vegetativa”.

El estado de vigilia “duerme-vela”: es una fase de transición entre la fase anterior y la siguiente, en la que los deseos y fantasías nos hacen vivir una vida pasada donde el cuerpo y el ego nos llevan con la lengua fuera  aun sin saber diferenciar claramente qué es deseo, qué es necesidad y qué es voluntad propiamente dicha. 

Al anterior le sigue  El estado de Vigilia propiamente dicho, en el que tenemos los ojos abiertos y nos enfocamos (nos apegamos)  en lo que vemos y tenemos en frente, aunque sin reparar en que aquello que vemos es un enorme espejo que nos pone nuestro mundo interno a modo de pantalla.

El Estado de Conciencia Adquirida, donde creemos que pensamos lo que pensamos sin reparar en que, aquello que pensamos y que es objeto de nuestra atención, ni es lo que pensamos ni tan siquiera lo que queríamos pensar. Es la no conciencia de estar interpretando una película cuyo guión lo han escrito otros. Es como cuando vamos al parque y vemos a las palomas yendo de allá para acá picoteando la palma de los niños que ofrecen trigo, igual nosotros.

Ora nos dicen que es interesante, ora a quien votar, ora a quien hay que seguir, ora que es interesante…  Se llama conciencia “adquirida”, porque es una conciencia que pertenece a otros pero que ha sido adquirida por nosotros y “nos alimenta” una vida “vacía” que con algo hay que llenar. Y ese vacío es el germen de la ansiedad, de los miedos y de la angustia… existencial. 

El Estado de Sí mismo o  de conexión del Self, donde podemos darnos cuenta que nosotros somos nuestra mente y que el cuerpo es nuestro instrumento al servicio de ella, y no al revés como en la fase de vigilia.

En esta fase conseguimos sostener y superar los 40 segundos del Shámata para saber qué merece nuestra atención y qué no, enfocarnos en la contemplación de lo verdadero, ser conscientes de la fragmentación de la realidad, de la relatividad de lo que contemplamos, de la media verdad y querer salir de la confusión.

Nos daremos cuenta de que aquel shámata de 5 segundos nos dispersaba tanto, nos entretenía tanto, tantísimo, que nos llegábamos a olvidar de nosotros mismos y que ese olvido de sí mismo creó un vacío en nuestro interior que fue rellenado por esa conciencia ajena colectiva formada de los intereses creados por los lobbys y las voluntades férreas de personas cuyo empoderamiento les dio derecho  a  poner “trigo en las manos de los niños” para que nosotros como palomitas del parque nos acerquemos a picotear pico pico pico cada vez más.

Como ya dijimos, el  estado de ensoñamiento viene representado por el arquetipo de la sombra, donde la fantasía, la falta de voluntad y la confusión entre lo que queremos y lo que no queremos, entre lo que nos gustaría y no nos atrevemos, y entre lo que fué y “pudo ser” nos impide elevarnos hacia el “despertar” para la vigilia, quedándose apegada a la propia fantasía que la alimentaba. Entonces, la sombra desciende al “sepulcro” y allí se le  aparece la verdadera muerte, la muerte del Yo inferior.

Ahora sí podemos entender la frase de Jesus cuando decía “hay muertos que entierran a sus muertos” porque  al fin y al cabo ¿La muerte no es en cierto modo un sueño hiperprofundo de carácter irreversible?   Y a esto se refiere también la doctrina de Krishnamurti cuando jaleaba a sus discípulos diciéndoles: si el estado en el que vives te genera ansiedad, miedo o angustia, ¡dé-ja-lo! ¡Busca otra cosa! ¡No te duermas con el sueño de la muerte!“

El Estado de Conciencia Objetiva del Hombre y de la Mujer equilibrado, donde uno sabe qué produce karma y qué no, qué es superfluo y qué es necesario, qué es verdad y qué no. Es el estado de conciencia cósmica donde pasado, presente y futuro coexisten y se es consciente del lugar que se ocupa en el Universo, lo que uno viene a hacer y la reparación de lo que otros anteriores a nosotros  estropearon y que simplemente arreglamos, no para beneficio o reconocimiento nuestro, sino por la sola idea de que pueda ser útil para el que va a pasar después de nosotros.

Es lo que la Cabalá llama Daat, o en el budismo Tao, pero que no te quepa duda que, lo llames como lo llames, el nombre que le des nunca podrá expresar ni siquiera el 50% de su significado. Y ello es debido a que esa fusión ha producido una “muerte” (que en este caso se llama “muerte trascendente”) en la que uno, el Yo superior,  se ha fusionado con la Luz de la cual ahora ya forma parte; en contraposición con aquella otra muerte del Yo inferior en el sepulcro, en la que la sombra se fusionó con… la oscuridad, en cuyo reino  ya no podremos acceder a ningún fotograma de nuestras vidas. 

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